Leyenda Del Ex-Penal "Ignacio Allende"

A principios del año 1902 se construía el penal de Ignacio Allende en el puerto de Veracruz, y en las calles se oía a los vecinos decir ¡Por fin todos los rateros y criminales serán encerrados! ¡Por fin habrá paz en éste lugar!.




En aquéllos tiempos, habían quienes entraban a Veracruz para vender algunas cosas que no habían aquí, uno de los productos más vendidos era el carbón de monte y encino, ya que lo usaban para encender la lumbre en los furgones y así poder cocinar. Uno de los vendedores de carbón más conocidos era Cristóbal, siempre llegaba al pueblo en un carrito jalado por un burro, tenía un carácter alegre, siempre risueño y sonriendo a todo el que le veía, moreno y de un andar firme siempre transmitiendo su buen humor. Usaba unos guaraches fuertes que amarraba del tobillo a media pierna de gran resistencia. Por lo general su cara, brazos y manos estaban tiznadas por sus arduas labores.
Cierto día, la gente se manifestaba ante el palacio municipal y frente al penal exigiendo la justicia, ya que habían violado y asesinado a una pequeña niña; su familia buscaba sin cesar al culpable, deseando hasta matarlo.

Como en todos los tiempos ha existido la envidia y la intriga, otro vendedor de carbón que le tenía coraje a Cristóbal lo denunció ante las autoridades, y una tarde mientras iba entrando alegremente Cristóbal al puerto con su mercancía, fue detenido por los agentes secretos y encerrado en una de las celdas del penal. Cristóbal se mostraba confundido y sorprendido pues aseguraba no haber cometido delito alguno en toda su vida así que pensaba que seguramente estaban cometiendo una equivocación y que lo habían confundido con alguien más.

Él habló con los padres de la menor asesinada, asegurándoles que él jamás sería capaz de tan ruin infamia, la de violar a una pequeña. Los padres sedientos de justicia y desesperados por encontrar a algún culpable, lo señalaron a él y por aquélla malsana acusación Cristóbal fue declarado formalmente preso y encerrado en el penal, purgaba una condena por la intriga en contra de él.

Cierta ocasión un amigo que le visitaba esporádicamente le comunicó que un carbonero borracho conversaba con otros sobre lo que había hecho en contra del vendedor de carbón ya que le parecía presumido y altanero y por tal motivo decidió acusarlo de lo que él mismo había hecho con la menor; no tardó en correr la noticia a voces hasta llegar a oídos de un agente de la policía que se interesó en el caso para descubrir al verdadero criminal.

El agente de la policía visitó a los padres de la difunta pequeña y les preguntó si aun conservaban las ropas que vestía el día del homicidio, ellos la sacaron del fondo de un baúl y las entregaron al policía, revisándolas minuciosamente, se percataron de que habían residuos de carbón, les preguntaron si conocían al denunciante y ellos aseguraron sólo conocerlo de vista por ser vendedor de carbón y que después de haber hecho su denuncia los convenció para que declararan en contra de Cristóbal de tan horrendo crimen.

 La policía decidió aprehender al intrigante, al que hizo declarar que él había sido el autor del homicidio.

El mismo día que pasó como interno al penal, se encontró de frente con Cristóbal quien iba a recobrar por fin su libertad y éste con el coraje reflejado en su rostro, se fue contra el verdadero asesino quien había escondido de los policías un filoso cuchillo el cuál clavó en Cristóbal hiriéndolo de muerte, dejándolo tendido con sus piernas cruzadas mostrando sus sandalias que siempre usaba y que le distinguía tanto al buen Cristóbal. Pasaron los años y el verdadero asesino seguía encarcelado.

El día de San Cristóbal, eran las cuatro de la madrugada, junto a la cabecera donde dormía el criminal, se escuchó un rechinido que sorprendió al homicida, éste escuchó el sonar de pasos que le alertaron, se levantó asombrado, contemplando el ruido provocado por unos guaraches que rodeaban el catre donde él se encontraba dejando manchas de sangre sobre el suelo de esa celda.



 El asesino se aterrorizó y gritaba tanto como su garganta le permitía y aun un poco más, su cabello se enmarañó, sus ojos parecían brasas ardientes, de su boca salía baba; otros intentaban ayudarlo, pues no entendían qué le sucedía y éste los rechazaba iracundo, sólo él podía ver aquélla aparición ; de repente sus manos se inmovilizaron mientras él trataba de detener las cuerdas con las que el difunto Cristóbal se amarraba las sandalias y que iban directo a su cuello, mientras que los demás sólo vieron cómo de repente él mismo llevó sus manos a su garganta y comenzó a apretarse a si mismo como una misteriosa acción invisible hasta dejarlo sin vida tendido en el sucio suelo del penal.




Cada vez que llega el santo de San Cristóbal, en el interior del penal todos duermen y solo se escucha la voz del centinela que grita ¡alerta! En el centro del patio donde cayó Cristóbal apuñalado se ven los guaraches con las cintas en el aire, los que están despiertos contemplan la aparición y se persignan y rezan por el alma de Cristóbal el carbonero.




El oso de la oscuridad 🐻

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